Hace algunos años, esperar el autobús significaba mirar por la ventana, contar baldosas o quedarse con la mente en blanco durante diez minutos. Hoy ese mismo tiempo de espera casi siempre termina con el móvil en la mano. No es una cuestión de fuerza de voluntad ni de falta de paciencia. La pérdida progresiva de la capacidad de tolerar los momentos de inactividad ha pasado prácticamente inadvertida para la mayoría de las personas, a pesar de que el cerebro necesita esos espacios para funcionar adecuadamente.
Esto no tiene nada que ver con demonizar la tecnología ni convertir el aburrimiento en una virtud que hay que perseguir a toda costa. Este artículo, elaborado por Naiara hurtado en colaboración con Psyfeel psicólogos, tiene como objetivo explicar, a partir de la evidencia científica disponible, qué ocurre realmente en el cerebro cuando los espacios vacíos del día se eliminan de forma sistemática, por qué cada vez resulta más difícil tolerarlos y qué consecuencias puede tener, a medio plazo, no dejar nunca que aparezcan.
Qué es exactamente el aburrimiento
Antes de hablar de lo que pasa en el cerebro, es necesario definir qué se entiende por aburrimiento, ya que se trata de un concepto ampliamente utilizado en el lenguaje cotidiano. No es lo mismo aburrirse en una sala de espera durante cinco minutos que aburrirse de forma crónica en un trabajo que no aporta nada, y tampoco es lo mismo el aburrimiento de un niño que no sabe qué hacer con sus manos que el de un adulto que lleva media hora delante de una serie sin conseguir que le interese.
Los investigadores que se dedican a este tema, como James Danckert, profesor de neurociencia en la Universidad de Waterloo, lo definen como un estado en el que la persona quiere estar implicada en alguna actividad significativa, pero no se encuentra ninguna que resulte lo bastante atractiva en ese momento. La clave está en esa palabra: significativa. El aburrimiento no aparece simplemente porque no haya nada que hacer, sino porque nada de lo disponible parece merecer la atención. De hecho, Danckert ha señalado en varias entrevistas que es difícil imaginar una situación en la que una persona literalmente no pueda hacer nada; lo habitual es que haya opciones, pero ninguna las sienta como propias.
Esta distinción importa porque cambia el enfoque del problema. Si el aburrimiento fuera solo ausencia de estímulos, la solución sería sencilla: añadir estímulos. Pero si el aburrimiento es un desajuste entre lo que el cerebro busca y lo que el entorno ofrece, entonces llenar cada hueco con contenido nuevo no resuelve nada. Solo lo aplaza.
Otra confusión habitual es la diferencia entre aburrimiento y apatía. En el sentido clínico del término, el aburrimiento, conserva el deseo de hacer alguna actividad; lo que le falta es un objeto concreto al que dirigir ese deseo. La apatía, en cambio, ha perdido en buena medida la motivación misma, y eso es un fenómeno distinto, asociado con frecuencia a estados de ánimo bajos o a procesos depresivos. El aburrimiento, paradójicamente, presupone un cerebro que todavía quiere algo. Es esa inquietud de fondo, esa sensación de que debería estar pasando algo y no está pasando, la que convierte al aburrimiento en una señal útil en lugar de en un simple vacío.
La red neuronal por defecto: lo que pasa cuando la mente se queda sola
Durante mucho tiempo se asumió que aburrirse era, literalmente, no hacer nada con la cabeza. Las técnicas de neuroimagen han mostrado justo lo contrario. Cuando una persona deja de prestar atención de forma deliberada a una tarea concreta, no se apaga ninguna luz en el cerebro. Se activa un circuito conocido como la red neuronal por defecto, que entra en marcha precisamente cuando no la atención deja de estar dirigida hacia el entorno (Raichle, 2015).
Esta red conecta regiones como la corteza prefrontal medial, la corteza cingulada posterior y el lóbulo parietal inferior, zonas que trabajan de forma coordinada cuando el pensamiento deja de seguir un objetivo externo y empieza a moverse por su cuenta. Es la base neurológica de lo que coloquialmente se llama divagar, soñar despierto o pensar en las musarañas. Y, en contra de lo que podría parecer, esta red consume una cantidad de energía metabólica considerable, comparable a la que se usa al resolver tareas cognitivas exigentes (Raichle, 2015).
Cuando la red mencionada se activa, el cerebro hace varias cosas a la vez. Por un lado, repasa recuerdos recientes y los relaciona con experiencias anteriores. Simula situaciones futuras, incluidas conversaciones que todavía no han ocurrido. Conecta ideas que en un primer momento no parecían tener relación entre sí. Es exactamente el tipo de actividad mental que suele preceder a una idea que parece surgir de la nada mientras se está en la ducha, paseando al perro o conduciendo por una carretera conocida. No surge de la nada: surge de un cerebro que, al fin, ha tenido tiempo de procesar en segundo plano.
Esto explica por qué tantas personas creativas, desde escritores hasta científicos, han descrito sus mejores ideas llegando en momentos de aparente inactividad y no durante las horas de trabajo concentrado frente al problema. El matemático Henri Poincaré relató cómo una solución que llevaba semanas persiguiendo le llegó mientras subía a un autobús, sin estar pensando conscientemente en ella. La explicación neurocientífica moderna de ese tipo de episodios pasa, en buena medida, por esta red.
Es importante aclarar que la red neuronal por defecto no funciona como un interruptor que se enciende solo cuando hay aburrimiento y se apaga el resto del tiempo. Sino que está activa, en distintos grados, durante buena parte de la vigilia, y compite constantemente con las redes implicadas en la atención dirigida al exterior. Cuando una tarea exige concentración alta, como resolver un problema matemático o mantener una conversación importante, la actividad de la red por defecto se reduce y la atención se vuelca hacia fuera. Cuando esa exigencia desaparece, la balanza se inclina hacia dentro. El problema actual no es que esta red exista o no, sino que cada vez tiene menos ocasiones de tomar el control, ya que la exigencia externa rara vez desaparece por completo. Incluso actividades que en teoría deberían ser sencillas, como esperar en una cola, llegan acompañadas de un móvil que mantiene la atención apuntando hacia fuera.
Esta misma red también está implicada en algo que rara vez se asocia con el aburrimiento: la planificación a largo plazo. Cuando la mente vaga sin rumbo aparente, no solo repasa el pasado, también ensaya escenarios futuros, calcula consecuencias y prueba decisiones antes de llevarlas a cabo. Es una especie de simulador interno que funciona mejor cuanto más tiempo se le deja correr sin interrupciones. Los psicólogos que estudian la llamada divagación mental, o mind-wandering, han documentado que una parte considerable de ese pensamiento espontáneo está orientada al futuro, lo que sugiere que el aburrimiento, lejos de ser tiempo muerto, puede estar cumpliendo una función de planificación que pasa completamente desapercibida (Mrazek et al., 2012).
Lo que dice la investigación sobre aburrimiento y creatividad
Las psicólogas Sandi Mann y Rebekah Cadman publicaron en 2014 un estudio en la revista Creativity Research Journal sobre el tema.
Estas psicólogas, durante su primer experimento, formaron un grupo de participantes el cual pasó quince minutos copiando a mano números de una de teléfono. Después, tanto ese grupo como un grupo de control (que no había realizado la tarea aburrida) tuvieron que enumerar usos posibles para un par de vasos de plástico, una prueba clásica para medir creatividad divergente. El grupo que se había aburrido copiando números generó más ideas, y más originales, que el grupo de control (Mann y Cadman, 2014).
En un segundo experimento quisieron ir un paso más allá y compararon dos tipos de aburrimiento: uno más activo, en el que los participantes escribían a mano la tarea tediosa, y otro más pasivo, en el que simplemente la leían en silencio. El grupo que había realizado la tarea pasiva, leer, obtuvo los mejores resultados de los tres grupos. La interpretación de las autoras es que cuanto más pasiva es la tarea aburrida, más espacio mental queda libre para que la mente divague, y es precisamente ese vagabundeo el que alimenta después la generación de ideas nuevas (Mann y Cadman, 2014).
Sandi Mann posteriormente, ha resumido esta idea señalando que el aburrimiento es en el fondo una búsqueda de estimulación que no encuentra respuesta en el entorno, y que cuando esa búsqueda no se satisface fuera, el cerebro la satisface hacia dentro. Dicho de otro modo: si no hay nada interesante fuera, la mente empieza a generar su propio contenido, y ese contenido es, muchas veces, más original que cualquier cosa que pudiera haber consumido en una pantalla (Mann, 2016).
Conviene matizar algo importante: esto no significa que cualquier tipo de aburrimiento sea positivo ni que haya que perseguirlo de forma artificial. Otros investigadores en este campo distinguen entre un aburrimiento que empuja hacia la búsqueda de actividades más significativas y un aburrimiento crónico, vinculado a dificultades de autorregulación, que se asocia con peores resultados en distintos ámbitos, desde el rendimiento académico hasta el bienestar emocional. La diferencia no está en sentir aburrimiento alguna vez, sino en qué se hace con él y con qué frecuencia se convierte en un estado permanente del que no se sale.
Por qué cada vez resulta más difícil tolerar el aburrimiento
El problema no es que el aburrimiento exista, porque siempre ha existido. El problema es que cada vez se le permite aparecer con menos frecuencia. En cuanto aparece la primera sensación de vacío, ya sea en una sala de espera, parado en un semáforo o tumbado en el sofá después de cenar, el reflejo es casi siempre el mismo: sacar el móvil.
Aquí entra en juego la dopamina, un neurotransmisor que durante años se simplificó hasta convertirlo en la hormona del placer, pero que la investigación más reciente describe con más precisión como la molécula de la anticipación y la búsqueda. La dopamina no se libera tanto cuando se obtiene una recompensa, sino cuando se anticipa la posibilidad de obtenerla. Esa diferencia es importante, porque explica por qué resulta tan difícil resistirse a comprobar el móvil incluso cuando, en el fondo, no se espera encontrar nada interesante (Schultz,2016).
Cada notificación, cada actualización del feed, cada nuevo vídeo que aparece al deslizar el dedo entrega una pequeña descarga de dopamina asociada no al contenido en sí, sino a la incertidumbre sobre qué va a aparecer. Los psicólogos que estudian el diseño de estas interfaces hablan de programas de refuerzo de razón variable: el mismo mecanismo, descrito originalmente en experimentos con palomas y palancas, que hace que las máquinas tragaperras sean tan difíciles de abandonar. No se sabe de antemano si la siguiente comprobación traerá algo gratificante, y precisamente esa incertidumbre es lo que mantiene el comportamiento de búsqueda activado.
Las redes sociales y buena parte de las aplicaciones de entretenimiento están diseñadas, de forma deliberada, para maximizar este tipo de bucle. No hace falta que el contenido sea especialmente interesante para que el cerebro lo busque. Basta con que sea nuevo, porque el sistema dopaminérgico está evolutivamente preparado para prestar atención a la novedad.
El scroll infinito, por ejemplo, suprime la señal que antes ofrecía pasar de página: ya no hay un final visible que invite a preguntarse si seguir o detenerse, y esa ausencia de límite es precisamente lo que mantiene el dedo deslizándose. No es casual que algunos de los ingenieros que participaron en el desarrollo de estas funciones hayan declarado públicamente, años después, su incomodidad con el resultado, ni que algunas empresas tecnológicas hayan empezado a ofrecer a sus propios empleados formas de limitar ese mismo tipo de consumo que sus productos están diseñados para maximizar.
El resultado de exponer este sistema a estímulos novedosos de forma casi constante, durante horas cada día, es que la línea base de estimulación que el cerebro considera normal va subiendo. Actividades que antes bastaban para proporcionar entretenimiento , como mantener una conversación tranquila, dar un paseo sin un destino concreto o leer unas páginas antes de dormir, empiezan a percibirse como insuficientes. No es que esas actividades se hayan vuelto aburridas en sí mismas. sino que suelen compararse, casi siempre de forma inconsciente, con el ritmo de recompensa al que el cerebro se ha ido acostumbrando.
El papel de la autorregulación y la atención
Sin seguir la misma línea anterior, hay investigaciones que relacionan el aburrimiento con fallos puntuales de autorregulación: la capacidad de dirigir la propia atención hacia un objetivo y mantenerla ahí. Estas se basan en que las personas con más dificultades para regular su atención, las que experimentan lapsos frecuentes de concentración, tienden a aburrirse con más facilidad y más intensidad que el resto (Danckert y Eastwood, 2020).
Esto tiene una implicación determinante en la actualidad. Si el entorno digital fragmenta constantemente la atención, con una notificación cada pocos minutos, pestañas abiertas en paralelo y contenido diseñado para captar la mirada durante unos segundos y pasar al siguiente, es razonable pensar que ese entorno reduce las posibilidades de experimentar aburrimiento y podría estar debilitando la propia capacidad de sostener la atención necesaria para tolerar el aburrimiento cuando aparece. Es decir, no solo se evita el aburrimiento; puede que se esté perdiendo entrenamiento en la habilidad necesaria para gestionarlo bien.
Es bien cierto que es necesario mantener la prudencia en este punto, porque la relación entre el uso intensivo de pantallas y los cambios en la capacidad atencional sigue siendo objeto de debate activo en la literatura científica, y no todos los estudios encuentran los mismos efectos ni del mismo tamaño. Lo que sí parece sostenerse de forma más consistente es la idea de que la interrupción frecuente de la atención, independientemente de su causa, tiene un coste cognitivo medible cada vez que se retoma la tarea original.
Lo que se pierde cuando desaparecen los momentos de inactividad
Uno de los aspectos más relevantes es que ese tiempo de aparente inactividad no constituye tiempo perdido. Representa, en realidad, un proceso de mantenimiento del cerebro.
La consolidación de la memoria, el proceso por el cual las experiencias del día pasan de un almacenamiento frágil y temporal a uno más estable, no ocurre solo durante el sueño. También se beneficia de los periodos de vigilia con poca demanda cognitiva externa, esos ratos en los que el cerebro puede repasar lo vivido sin tener que atender a nada nuevo al mismo tiempo. Cuando esos ratos desaparecen porque siempre hay un estímulo a mano, ese repaso se hace con menos frecuencia y, probablemente, con menos profundidad.
También hay investigaciones que relacionan los momentos de baja estimulación externa con un mejor procesamiento de la propia vida social y emocional. De hecho, algunos estudios de neuroimagen muestran que, cuando la mente no está ocupada en una tarea concreta, parte de esa actividad de fondo se dirige a pensar en otras personas: anticipar conversaciones, repasar interacciones pasadas, ponerse en el lugar de alguien. Cuando esos espacios se llenan con contenido externo, ese tipo de procesamiento social interno tiene menos oportunidades de producirse.
A esto se suma un efecto más cotidiano y menos discutido: la fatiga mental que muchas personas describen al final del día sin haber hecho, en apariencia, nada especialmente exigente. Parte de esa sensación puede explicarse por la cantidad de cambios de atención que el cerebro ha tenido que gestionar, aunque cada uno de ellos por separado pareciera trivial. Pasar del correo a una conversación, de ahí a una notificación, de ahí a otra pestaña y de vuelta al correo, decenas de veces en una mañana, tiene un coste acumulado que no siempre se nota en el momento, pero que sí se nota al llegar la noche.
El caso particular de la infancia
Todo lo anterior se vuelve más delicado cuando se aplica a un cerebro que todavía se está formando. En los adultos, la incapacidad de tolerar el aburrimiento es, sobre todo, la pérdida de una habilidad que en algún momento se tuvo. En los niños, el riesgo es distinto: que esa habilidad no llegue a desarrollarse plenamente por falta de oportunidades para hacerlo.
Aprender a permanecer a solas sin estímulos externos es, en gran medida, un aprendizaje. Un niño que se queda mirando el techo, que deambula por el salón sin encontrar una actividad o que manifiesta no encontrar nada con lo que jugar, no está perdiendo el tiempo, sino desarrollando una capacidad fundamental. Está poniendo a prueba su capacidad de tolerar la frustración de no tener un estímulo inmediato, está aprendiendo a generar sus propios juegos y narrativas, y está construyendo, sin saberlo, parte de la base sobre la que más adelante se sostendrá su capacidad de concentración. Cuando ese hueco se llena sistemáticamente con una pantalla en cuanto aparece el primer signo de inquietud, ese aprendizaje no llega a completarse de la misma manera.
Por esto, organismos como UNICEF han dado mucha importancia a señalar que el tiempo frente a pantallas en la primera infancia puede ocupar el espacio que correspondería a otras experiencias igualmente necesarias para el desarrollo: el contacto con otros niños, el vínculo con el entorno físico, los tiempos de espera y, explícitamente, el aburrimiento. La preocupación no es solo por el contenido que se consume, sino por lo que se deja de hacer mientras se consume. Cada hora de pantalla es, casi siempre, una hora menos de juego libre, de conversación cara a cara o de ese tipo de inactividad estructurada que obliga al cerebro infantil a inventar sus propios estímulos (UNICEF, s.d.).
Algunos estudios han encontrado asociaciones entre un uso intensivo de pantallas en edades tempranas y mayores dificultades de atención sostenida, peor regulación emocional y, en algunos casos, retrasos en el desarrollo del lenguaje. Otros trabajos matizan que buena parte de ese efecto depende menos del tiempo de pantalla en sí y más de si ese tiempo se vive en compañía de un adulto que acompaña, comenta y da sentido a lo que se ve, frente a un uso solitario y sin supervisión. Lo que parece más sólido, en cualquier caso, es la idea de que sustituir de forma sistemática los tiempos de espera y de juego libre por estímulos audiovisuales tiene un coste de oportunidad real, aunque ese coste no siempre sea fácil de medir con precisión.
Esto no implica que haya que eliminar las pantallas de la vida de un niño, ya que sería poco realista en el mundo actual, ni que cualquier rato frente a una tableta vaya a tener consecuencias negativas. Implica, más bien, que resulta recomendable reservar deliberadamente espacios sin estímulo dirigido, sobre todo en los primeros años, en los que el cerebro está especialmente receptivo a lo que el entorno ofrece o deja de ofrecer. Un niño que aprende desde edades tempranas a resolver el aburrimiento de forma autónoma, mediante la invención de juegos, probablemente llega mejor preparado a la adolescencia y a la vida adulta que otro que ha aprendido que el aburrimiento se resuelve siempre desde fuera.
La diferencia entre desconectar y aburrirse
No exactamente. Se trata de dos conceptos diferentes que conviene distinguir. Desconectar, en el sentido en que se usa habitualmente la palabra, suele implicar dejar de trabajar, dejar de estar disponible, descansar. Es posible desconectar viendo una serie, jugando a un videojuego o compartiendo tiempo con amigos..
El aburrimiento, es algo más específico. Por definición, es la ausencia tanto de demanda externa como de estímulo agradable inmediato. Es el rato sin nada que hacer y sin nada especialmente entretenido que mirar. Por eso desconectar viendo contenido en una pantalla, aunque sea relajante, no cumple la misma función que aburrirse de verdad. Sigue ocupando el canal de atención externa y, por tanto, sigue sin dejar sitio para que la red neuronal por defecto haga su trabajo con tranquilidad (Eastwood et al., 2012).
Esta distinción explica el hecho de que hay personas que pasan horas viendo series o desplazándose por redes sociales y, aun así, sienten que no han descansado de verdad. Se han desvinculado de las obligaciones, pero el cerebro no ha tenido la oportunidad de entrar en ese modo de fondo que necesita para procesar, ordenar y, en ocasiones, generar algo nuevo.
Aprender de nuevo a tolerar el vacío
El objetivo no es romantizar el aburrimiento como si fuera en sí mismo deseable, ni generar sentimientos de culpa por consultar el teléfono móvil en una sala de espera. Existen situaciones en las que distraerse resulta perfectamente razonable, y otros en los que el aburrimiento simplemente incomoda sin aportar gran cosa, sobre todo cuando se vuelve crónico y deja de ser una señal puntual para convertirse en un estado permanente asociado a la apatía o a la insatisfacción.
La diferencia importante está en si esos momentos de inactividad llegan a formar parte del día, o si se suprimen de forma sistemática desde el mismo momento en que aparecen. Recuperar cierta tolerancia al vacío no requiere cambios drásticos. Entre las estrategias que la investigación y la práctica clínica consideran razonables se encuentran las siguientes:
Permitir que algunos trayectos cortos, como un ascensor, una cola o una espera de pocos minutos, transcurran sin sacar el móvil, aunque al principio resulte incómodo. La incomodidad inicial suele ser precisamente la señal de que el sistema está reaccionando a la ausencia de su estímulo habitual, no una prueba de que algo va mal.
La incorporación de en el día de actividades pasivas y de bajo estímulo, como caminar sin música ni podcast, ducharse sin prisa o quedarse unos minutos sin hacer nada antes de dormir. Según la investigación de Mann y Cadman, son precisamente las actividades más pasivas las que dejan más espacio para que la mente divague de forma productiva.
Separar conscientemente desconectar de no hacer nada. Ambas cosas son necesarias, pero cumplen funciones distintas, y conviene que las dos tengan su lugar en la semana en lugar de que una sustituya por completo a la otra.
Observar la reacción inmediata a la falta de estímulo. Comprobar si el primer impulso es siempre alcanzar el móvil no es un motivo de alarma, sino información útil sobre el grado automatismo que ha adquirido ese gesto
Una capacidad que no debería perderse
El cerebro humano no necesita estar siempre entretenido para funcionar bien. De hecho, buena parte de lo que entendemos como pensamiento profundo, creatividad y procesamiento emocional sucede precisamente cuando no hay nada externo reclamando la atención. La incapacidad de aburrirse no es, en el fondo, una virtud de la vida moderna ni un signo de que finalmente hemos resuelto el problema de los tiempos muertos. Es, más bien, la pérdida progresiva de una habilidad que el cerebro tenía y que solo se mantiene en forma si se sigue usando.
Del mismo modo que un cuerpo que nunca se mueve pierde capacidad física, una mente que nunca dispone de la oportunidad de divagar libremente puede perder parte de su capacidad para generar ideas propias, procesar las experiencias vividas y permanecer a solas consigo misma sin depender de estímulos externos. Permitir que el aburrimiento aparezca de forma ocasional, sin responder de inmediato con nuevos estímulos, puede constituir una de las formas más sencillas de preservar esa capacidad.
Artículo escrito por Naiara Hurtado en colaboración con Psyfeel psicólogos.